No al etnoturismo. Sí a abrir las puertas de nuestra cultura

*Foto @ Gabriel Ortega*

La verdad es que siempre he sido reacia al etnoturismo. ¡No me malinterprete! No es que no me gusten los pueblos originarios, sino que todo lo contrario. Los admiro, los respeto y me da mucha bronca que nunca nos detengamos a entender ni nos acerquemos a su cultura. Mapuche, aymara, kawéskar, aonikenk, selk’nam, chonos, diaguitas, parecieran no ser más que una pregunta de PSU que debimos aprender en el colegio. Una mera anécdota.

Y el etnoturismo nunca me ha parecido una solución válida para realizar ese acercamiento. El mirarlos desde afuera como un atractivo turístico me parece algo demasiado plástico y, en cierta forma, no deja de recordarme aquellos zoológicos humanos del siglo XIX en Europa que nuestros pueblos vivieron muy de cerca: en la década de 1880 fueron llevados 11 kawéskar y 14 mapuches para exhibirlos en el Jardín de Aclimatación de París.

El etnoturismo lo veo como una visión externa, “pintoresca”, realizada por instituciones de gobierno y entes privados que tratan de mostrarnos una representación forzada de la realidad. ¿Por qué no cambiamos ese foco desalmado a algo tan sencillo como abrir las puertas de nuestras culturas para mostrarla al visitante?

En mis últimos viajes por la Araucanía y el Bío Bío he tenido la suerte de compartir con comunidades mapuches que están haciendo turismo y que, a mí modo de ver, lo están haciendo perfecto. Que grato sentarse en torno a un fogón en el Valle de Elicura, compartir tortillas, un mate y una buena conversación a calzón quitao sobre el conflicto mapuche. Sin intermediarios, ni titulares de prensa de por medio.

Que gran experiencia encontrarse con un pueblo como Curarrehue donde la cultura mapuche es algo que se respira en todas partes: en la gastronomía, en su gente, en sus relatos, incluso en la arquitectura.  Un excelente referente de lo que digo es sentarse en el restaurante de Anita Epulef y comer una exquisita sopa de piñones, mientras ella te explica sobre el respeto a la tierra, que hay que comer según las estaciones del año y que el éxito no es tener un restaurante lleno y ser famosa (¡y sí que lo es!), sino que tener la cantidad de clientes justos para no ser esclava del trabajo, poder disfrutarlo y tener tiempo para ella y su familia.

Son cosas sencillas, pero finalmente eso es compartir con una cultura: sentarse, observar, participar, aprender y aprehender.